El sexo no entiende de paro o recesión, y es el único camino que le queda a un fracasado cuarentón con una enorme verga.

La
HBO norteamericana ha decidido no taparse los ojos ante la crisis global, y permite que su ficción se haga eco de la difícil situación económica, además del pesimismo de las clases que están pagando el pato, a través de
Ray Drecker . Un personaje que, lejos de poseer cualquier atractivo como protagonista, o héroe, no es más que un cúmulo de fracasos vitales que se halla en esa difícil etapa de los cuarenta, sin haber logrado nada en su vida aparte de un divorcio, dos hijos que, como suele ser habitual en las series estadounidenses, pasan olímpicamente de su padre, y una casa vieja al lado de otra casi palaciega. Este detalle de las casas es divertido, pero es una muestra de humor cínico soterrado que indica el contraste propio del capitalismo estadounidense. Mientras
Ray va dando tumbos intentando salir adelante, el vecino abogado le pide que limpie su tejado para no causar mala impresión a sus invitados de la próxima barbacoa.
Resulta que nuestro protagonista se ve en una situación bastante extrema, tras el incendio de su casa (por si no tuviera ya suficiente), y se apunta a un cursillo de empresarios. En él coincide con una chica, poetisa de profesión, con la que se había acostado. Vuelven a acostarse, y de ahí acabará saliendo una curiosa idea empresarial: utilizar su
enorme miembro para salir del agujero económico en que se halla. Pero es que no es sólo por el dinero en sí, claro está. En la filosofía de esta serie, que por algo es estadounidense, el dinero se equipara con el éxito vital.
El personaje no ha triunfado laboralmente y por ello ha ido perdiendo a su familia. Además ahora vive en una casa donde se amontonan los recuerdos de un prometedor futuro que nunca llegó a nada: fotografías y trofeos deportivos, truncados a la hora de la verdad. Se ve exiliado de esta casa a una
tienda de campaña anexa, como colofón de la pérdida de sus espacios.
Incluso cuando se decide, y empieza a anunciarse como
gigoló, no dejan de sobrevenirle los fracasos. Su primer trabajo (esto es, una mujer que quiere sexo de pago) se arrepiente de haberlo contratado al verlo por la mirilla de la puerta. Ray no consigue casi articular palabra, ya que no es un mero golpe económico, sino que sin ninguna duda, su
orgullo masculino está siendo herido en lo más profundo.
I have changed my mind, dice la nota que la mujer le lanza por debajo de la puerta. Suponemos que el aspecto de Ray la ha echado para atrás, y que la prostitución masculina funciona de un modo distinto al de la masculina. Raramente una prostituta es rechazada de esa manera, que sepamos. Este es sólo uno de los signos que indican que la HBO ha decido apostar por la
dramedia, que es lo que es
Hung en toda regla.
Puede parecer al principio una serie puramente
falocéntrica, y lo es por la propia trama, pero por detrás parece haber precisamente esa intención de vapulear a su personaje por su enorme ego. Podemos decir que ese ego lo tiene tan grande como su pene, y seguramente esta metáfora es la que sobrevuela toda la serie. Ray es un hombre terriblemente orgulloso, como se ve en la escena en que, tras echar un polvo, discute con la poetisa. Él piensa que ella lo quiere sólo por su miembro gigante, y ella apenas da crédito a esto. Ray no admite la humillación de no poder darle a su hijo
fifty bucks para un concierto, y de manera patética, acaba usando el billete que una atemorizada mujer le pasa por debajo de la puerta, sin duda más para aplacar la furia de Ray al verse rechazado, que otra cosa. Es un hombre con un orgullo absurdo incrustado en él, y ya desde el primer capítulo intuimos que quizás, su situación actual no se deba solo a un contexto global, sino que es probable que él tenga su parte de culpa.
30-04-2011 | 12:06
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